Por: Ramón Campos Iriarte
Los barrios chavistas, así como los sectores de la oposición, son entornos ultrapolitizados que no reflejan la realidad de 32 millones de venezolanos que enfrentan la dureza del rebusque diario. Así es la cotidianidad de la capital venezolana.

Con algo de nervios aterrizamos en Maiquetía de madrugada, en un vuelo procedente de Panamá. La pista no tenía mucho movimiento, aunque se veían varios aviones de Copa, Iberia, Avior y otro par de aerolíneas menores. Pasar la seguridad con un pasaporte colombiano y dos cámaras dentro de la maleta era el punto crítico, lo que más me preocupaba. ¿Nos detendrían o interrogarían? ¿Podrían devolvernos por donde vinimos? Una agente de aduana de uniforme verde oliva revisó mis maletas y, tras un par de preguntas de rutina, me dejó seguir. No traía ningún equipaje en bodega, pues me habían advertido de posibles robos, así que pasé inmigración y salí al hall del aeropuerto. Sorprendido con la facilidad de la entrada al país, me detuve a mirar la estampa en tinta negra, aún mojada, en mi pasaporte: “República Bolivariana de Venezuela – ENTRADA”.