Por:Silvia Federici
Nacida
en la Italia fascista, la escritora, profesora y activista dice de sí
misma que fue “feminista antes de tiempo”. Al tiempo que es una de las
figuras más relevantes en el desarrollo del feminismo de las últimas
décadas, Federici también es una pensadora cuyos cuestionamientos
radicales al Estado capitalista alientan a replantearse a fondo cómo
estamos habitando el mundo y hacia qué desastre nos encaminaríamos de
seguir así

Silvia Federici centró su charla del 2 de marzo en la guerra contra las mujeres y las nuevas formas de acumulación capitalista,1 precisamente en uno de los estados con más desaparecidas2 y que ocupa los primeros lugares de violencia contra ellas.3
Al inicio de la conferencia señaló que el capitalismo tiene distintas
formas de violencia, pero que ella analiza la particularidad de la
violencia sexista porque es necesario entenderla para poder combatirla.
En su libro Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (Traficantes
de Sueños, 2010),probablemente el más difundido en México, la feminista
italoestadounidense explica que la transición del feudalismo al
capitalismo se basó en la guerra contra las mujeres a lo largo de tres
siglos de la caza de brujas, periodo en el que se construyó la posición
de la mujer como sirvienta de los hombres y se destruyó un universo de
prácticas incompatibles con la disciplina del trabajo capitalista. Así,
las mujeres tuvieron que depender económicamente de su pareja y se
generó un intercambio de servicios sexuales: “es clásico, es sexo por
dinero, te apoyo y tú me das tus servicios. Es así en la prostitución y
en el matrimonio. En la relación matrimonial, la mujer está empobrecida;
el pacto empieza al lamentarte de tu pobreza. Ellos dicen: ‘No te
lamentes, tú sé mi sirvienta, yo te doy dinero si te conviertes en mi
esclava’. Pero esa naturalización de la violencia se rompió con el
movimiento feminista”.
Su pensamiento ha germinado porque su propuesta antipatriarcal y
anticapitalista es provocadora, moviliza a muchas que, como Laura,
comienzan a cuestionar las relaciones de dominación en su vida
cotidiana.

Una
de las pruebas a las mujeres acusadas de brujería se hacía en una
balanza pública. Los frailes aseguraban que las brujas pesaban muy poco
porque montaban escobas; si la mujer pesaba menos de cinco kilos, era
una bruja. Muchas veces las balanzas, como era previsible, estaban
alteradas para que así fuera. Foto: Archivo.
Silvia Federici nació en Parma, Italia, en 1942. En los años sesenta
se mudó a Estados Unidos a estudiar Filosofía en la Universidad de
Buffalo, y participó en cuatro movimientos que se entrelazaban: el
estudiantil, el pacifista, el feminista y el que peleaba por los
derechos civiles. Su feminismo es peculiar, ya que se nutre del
pensamiento de la autonomía obrera italiana, del pensamiento
anticolonial y de su propia experiencia en el feminismo. Con el
Colectivo Feminista Internacional impulsó la campaña Wages for Housework
(Salario para el Trabajo Doméstico), que rechazaba el trabajo doméstico
como destino natural de las mujeres. En el libro Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013)
explica que pasó 40 años lidiando con el problema del trabajo
reproductivo y rebelándose contra éste, al menos como estaba configurado
en el capitalismo. En los años ochenta trabajó como profesora interina
en la Universidad de Port Harcourt, en Nigeria, donde atestiguó la
instrumentación de las políticas neoliberales y sus efectos
“devastadores”, y comenzó a observar los nuevos procesos de colonización
y de cercamiento de tierras en todo el mundo.
En África también amplió su atención más allá del trabajo doméstico, a
la agricultura de subsistencia, y descubrió la gran fuerza e
importancia del acceso de las mujeres a la tierra por ser ésta la base
material esencial para sobrevivir. Este vínculo con la tierra es lo que
explica también por qué las mujeres han encabezado por años la defensa
de los territorios, pues sin la tierra y sin la naturaleza no hay
futuro.
En las últimas décadas, Silvia Federici, también profesora de la
Hofstra University de Nueva York, ha comenzado a usar el concepto de la
política de lo común, inspirada en parte en el levantamiento zapatista
en 1994, en el fracaso del modelo de lucha por el poder para construir
una alternativa al capitalismo y en la historia de comunidades y pueblos
que antes del capitalismo vivieron como sociedades solidarias y
autoorganizadas. Lo común abarca el agua, el aire, la tierra, los
servicios comunes, las lenguas, las producciones colectivas de culturas
antiguas, y la inquietud es cómo construir una política de los comunes
para constituir los cimientos de una economía no capitalista. Su
perspectiva de los comunes, vista desde el feminismo, consiste en
reconstruir lo colectivo, los tejidos sociales, la cooperación, juntar
lo dividido (con el otro, con la naturaleza), como una necesidad de la
nueva etapa de la guerra contra el capitalismo. Y esto implica rechazar
que nuestra reproducción tenga lugar a expensas del resto de los comunes
y de los bienes comunes del planeta, “que nuestro bienestar no se
construya sobre el sufrimiento de los otros”.
Tu infancia transcurrió en el contexto de la Segunda Guerra
Mundial. ¿Cómo influyó eso en el pensamiento feminista y anticapitalista
que desarrollaste posteriormente?
Nací en un periodo muy dramático, en abril de 1942. En enero
empezaron los campos de la muerte en Alemania y yo nací en Italia, un
país fascista. La primera memoria de mi vida es la memoria de la guerra,
de los bombardeos, tengo imágenes de bombas que caen, memorias
conectadas con los cuartos, con la oscuridad, con tratar de escapar de
los bombardeos. Y también tengo imágenes de gran ansiedad, de la gente
que corre. Mi infancia fue prácticamente un continuo escuchar la
historia de mi familia, una historia de desastre, del terror de
despertar en la noche con el cielo rojo. Mi mamá me contaba que siempre
se iba a dormir con ropa, con la maleta lista para huir porque tenía dos
niñas. ¡Tanta historia! Yo crecí en Parma, ciudad con tradición
antifascista: en 1922 hubo días de guerra urbana, el proletariado hizo
barricadas para impedir que los fascistas entraran. Fui a la prepa en
una ciudad comunista, en la región de Emilia. Todo esto ha tenido
influencia en mi vida; tuve una politización instintiva, pues con mi
papá se hablaba de política, de fascismo. Él era maestro de historia,
hablé mucho con él de filosofía. Mi familia es antifascista, él era un
liberal antifascista, crecí con todo eso, tuve un proceso de
politización con él. Era anticlerical: yo llegaba de la iglesia con mi
mamá y me preguntaba: “¿Qué ha dicho el cura?”, luego hacía una crítica.
Entonces, tuve una politización inmediata.
En periodos de guerra, cuando se lucha por la vida, ¿por qué es común que las mujeres vayan adelante?
Nunca reflexioné sobre esto cuando estaba chica, pero ahora puedo ver
que la vida se sustentaba a través de las mujeres, porque, en el
periodo en que huimos de los bombardeos, mi papá nos llevó a una granja,
al campo, con unos pocos animales, y eran las manos de mujeres las que
nos permitieron siempre contar con comida. En la ciudad, la comida era
racionada, en el campo no. Cuando regresábamos a la ciudad, mi mamá
podía contar con comida porque tenía una hermana que trabajaba en el
campo. Mi mamá me recordaba que durante la guerra no sufrimos la fame
(hambre), porque estaban mi tía, las mujeres de la granja, porque en el
campo se podía comer. Las mujeres siguieron sembrando, y, sí, ocultando
gente también.

Lucy
Burns fue una sufragista estadounidense y defensora de los derechos de
las mujeres. Activista apasionada y fundadora del Partido Nacional de la
Mujer. Burns fue arrestada mientras protestaba en la Casa Blanca y fue
enviada a Occoquan Workhouse. En la cárcel, Burns se unió a Alice Paul y
muchas otras mujeres en huelgas de hambre afirmando que eran presas
políticas. Ser encarcelada no detuvo el activismo de Burns. Desde el
interior del asilo organizó protestas con otras presas y también ayudó a
organizar y distribuir uno de los primeros documentos que definían el
estado de las presas políticas. Se circuló a través de agujeros en las
paredes hasta que cada sufragista prisionera lo hubiera firmado. Cuando
los funcionarios de la prisión se dieron cuenta de lo que Burns estaba
haciendo, la transfirieron a una cárcel del distrito y la pusieron en
confinamiento solitario. Foto: Lucy_Burns_in_Occoquan_Workhouse
Parece importante que en las luchas también exista un vínculo
con la tierra porque, de entrada, permite la autogestión alimentaria
Sí, sí, sí, mucho, mucho. La historia de mi infancia, mi formación
cultural y política, tiene dos partes muy contrastantes: la guerra y mi
relación con el campo, porque el periodo en el que mi papá decidió
llevarnos al campo para escapar de los bombardeos fue una maravilla.
Después de que la guerra terminó, regresé por varios años porque estaba
enamorada del campo, completamente enamorada. Para mí, el campo era el
opuesto de la guerra. Fíjate, era una niña de dos, tres años, y luego
regresé a los seis, siete años a encontrar animales, cuando empecé a
crecer me dieron la tarea de salir por la mañana a buscar los huevos;
fue un momento tan mágico, impactante, igual que ver la vendemmia,
cuando se cosechan las uvas, cuando todos van al campo, porque, antes
de la guerra, Italia era bastante agrícola. Todo cambió con el milagro económico,
la industrialización, la guerra potenció la urbanización. Este lugar,
que no es distante de donde mi familia ha vivido, es mágico. ¡Las
mujeres cultivaban tantas cosas! Vegetales, flores, tenían animales, un
puerco, gallinas, una vaca, árboles de manzanas. La vida allá era ver el
cielo con todas las estrellas, ver cuando desgranaban el maíz en forma
muy rústica, con todas las mujeres hablando, cantando, con luz de
candela, era una cosa increíble, mágica, de otro mundo. Nunca lo he
olvidado. Tengo una pasión muy fuerte por el campo, por el verde, por
los ríos, por las hojas. Para mí, los árboles son dioses, entonces creo
que este vínculo con el campo ha sido el otro componente muy fuerte de
mi política; y tengo gran recelo con la tecnología capitalista, soy muy
lenta para entusiasmarme con ella. Ahora tengo 76 años y es el primer
viaje en el que traigo un celular (para estar pendiente de la salud de
un ser querido). Soy tecnológicamente atrasada porque pienso en el costo
ambiental de todo, para mí cada primavera es una cosa mágica, ver las
flores. La magia de la naturaleza nunca me ha abandonado. No he olvidado
que ésa es la magia más grande que tenemos en el mundo, antes que la
tecnología. Pensar que en la tierra están todos los colores, que hay una
inmensa creatividad de la tierra.
¿Ese vínculo que perdimos es parte de lo que nos tiene desvinculados de la vida?
Sí, claro, este proceso es una temática de mi trabajo: que el
desarrollo capitalista es una forma de empobrecimiento en todos los
sentidos. Es económico porque el capitalismo no produce riqueza para la
mayoría, produce escasez con despojo: si no nos expropian, no pueden
obligarnos a trabajar por un salario. A los que tienen foresta,
bosque, comida, agua, no los pueden obligar a trabajar; entonces
primero deben empobrecernos, despojarnos. Ésa es toda la lección de
Marx, de cómo se crean poblaciones de trabajadores que no tienen nada,
que no tienen tierra, para provocar escasez, pobreza estructural. La
condición estructural del capitalismo es empobrecernos económicamente,
pero también produce otro tipo de escasez al separarnos de la
naturaleza, de los animales; nos separan de los otros, nos enseñan a
tener miedo de los otros, a no ver que los otros son un enriquecimiento.
Este individualismo es un empobrecimiento inmenso que nos hace
vulnerables a tantas formas de explotación; es como que han cortado
nuestra conexión con el mundo, con el mundo de los otros, con los
animales, así que somos pequeñitos, vulnerables, ansiosos y
empobrecidos, hemos perdido los poderes. Miles de años atrás, en
regiones como Babilonia, hoy Irak, descubrieron las constelaciones con
sólo observar el cielo, sin telescopio; en la Polinesia navegaban de
noche sin luna porque conocían la ondulación de las olas, con su cuerpo
podían comprender la ondulación de la ola y dirigir la barca. Son
poderes que vienen de la profunda conexión con la naturaleza que hemos
perdido totalmente, como la capacidad de orientarse en la foresta (el
bosque) mirando el vuelo de los pájaros, de las estrellas, el sol, son
todas cosas que hemos perdido. Entonces, me parece importante
desnaturalizar la idea de que sin el capitalismo no podemos vivir.
¿Qué elementos debe tener el regreso a la tierra para
recuperar la imaginación en cualquier lucha anticapitalista,
antiestatista?
El regreso a la tierra no sólo es un factor económico de
sobrevivencia, es también un factor espiritual, porque regresar a la
tierra significa reconectarse con todo un mundo de fuerzas más grandes
que nosotros. Es comprender las primeras cosas, que es algo más grande
que el capitalismo. En segundo lugar, ahí hay una inmensa creatividad y
variedad, porque la tierra es un proceso de creación continua, entonces
hay que comprender que estamos en un mundo que es un organismo viviente;
porque la tierra no es solamente materia en movimiento, es animada,
tiene su creatividad.

“El
capitalismo también depende del trabajo doméstico”, reza el cartel, a
propósito del trabajo de cuidados que realizan muchas mujeres.
Foto: collections.museumca.org.jpg.
¿Qué te dio la intuición y el olfato para desarrollar tu obra Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria?
Muy simple, llegó porque estábamos… ¡Ah!, ¿te he mostrado? Sólo un
momento… [Silvia va a su habitación y regresa con un librito donde hay
fotografías y memorias de su participación en la lucha feminista en
Estados Unidos.] Hicimos una campaña del análisis del trabajo doméstico,
diciendo que no es natural de las mujeres. En ese entonces muchas
mujeres nos criticaban porque decían: “La casa es el área de la sociedad
donde no está el capitalismo”, se idealizaba como un espacio libre de
relación capitalista. La otra crítica que nos hacían era que la casa era
un lugar atrasado, precapitalista; los socialistas nos acusaban
porque decían que la casa era una herencia precapitalista, entonces las
mujeres debían luchar, salir. Así empecé un análisis de la historia, que
me gusta mucho, porque quería comprender. Mirando el presente podía ver
que el trabajo en casa no tenía nada de natural. Con los marxistas está
la historia de la industrialización, pero no la historia del trabajo
doméstico, de la reproducción de la vida. Hay un capítulo donde Marx
habla de cómo se reproduce la fuerza de trabajo: los trabajadores buscan
el salario y compran las necesidades de la vida. Pero nunca habla del
trabajo de reproducción, y pues yo pensaba que era importante mostrar
cómo el capitalismo se ha construido. Entonces empecé a estudiar el
siglo XIX, el siglo XVIII, y vi que para comprender tenía que partir del
principio, ir a antes del capitalismo, porque necesitaba comprender
cuál era la reproducción de la vida antes del capitalismo. Así empecé a
estudiar el periodo feudal, el periodo de la acumulación originaria, de
la caza de brujas.
Un factor que encontré en el camino es el concepto de la strega, que es la bruja en italiano. El personaje de la strega,
palabra latina, que es un pájaro, legendario, de manos verdes, vuela en
la noche y cuando emite un grito muy funesto es como un anuncio de
muerte. La presencia de la strega en Italia está presente en
muchos dialectos, en lenguas reales… Bueno, esta figura también era
parte de la vida cotidiana, porque mi mamá, cuando quería decirme que no
tenía el pelo bien, que la ropa no estaba bien, que no me había puesto
en forma decente para salir, decía: “Pareces una strega”. Es algo muy vivo en la sociedad, es una figura mala, que sirve para disciplinarte.
Después, en el trabajo histórico, encontré el panfleto de dos americanas, Barbara Ehrenreich y Deirdre English,4 que menciono en el libro, que interpretaba la figura de la strega como la curandera; decía: “con el desarrollo de la profesión médica se mata a mujeres acusándolas de stregas,
de curanderas”. Esto me impresionó mucho porque el panfleto empieza con
una cronología que dice: “la caza de brujas se desarrolló en los siglos
XVII, XVIII”, y dije: “Es la fundación originaria del capital, es el
periodo de la acumulación originaria, de la Conquista de América”.
Entonces me puse a estudiar seriamente la caza de brujas y comprendí que
sí es parte de la transición del mundo feudal al desarrollo del
capitalismo. Así empecé a conectar estas cosas.
Hay resistencia a la idea de que se puede vivir sin Estado, se cree que es el único modelo en el que podemos vivir…
El Estado es una creación bastante reciente, porque, por miles de
años, las comunidades eran autogestionadas, o muchas veces había sistema
de explotación a través de tributo, pero no era el Estado como hoy, que
no es sólo el gobierno: está la organización de la salud, de lo
público, de la educación, tiene tantas trancas, es el Estado tentacular,
como el pulpo, que incluye el capital. Fui a Nigeria. En este lugar,
antes de la colonización de los ingleses, no estaba el Estado, eran
todas comunidades interconectadas, autogestionadas. Esta idea de que no
podemos vivir sin Estado —bueno, el Estado y el capital, porque el
Estado es la traducción política del capitalismo— es tan fuerte que
liberarse de ella tiene que ser un programa a largo plazo. Lo que no
comparto es la visión marxista, porque Marx es contradictorio, piensa
que el futuro debe ser una sociedad de productores libres; también, que
una sociedad más justa sin explotación del trabajo debe ser una sociedad
sin Estado. Pero pienso que es un periodo intermedio de la dictadura
del proletariado, porque hasta ahora eso ha sido un gran fracaso, ha
sido un capitalismo de Estado, por eso no comparto esta visión. Por eso,
para mí se debe empezar a trabajar de abajo, porque si vamos a esperar
al Estado, ¡no! Ya el Estado, para muchas personas, no da nada, sólo
militarización, en gran parte del mundo es solamente una fuerza
opresiva, no es una fuente de sustento. Hay que comprender que el común
es la única garantía de sobrevivencia, porque el Estado te mata, no te
da vivienda, salud, no te da educación, no te da nada, sólo opresión,
cárceles, narcos.

Manifestación
por la liberación de la mujer el 26 de agosto de 1970 en Nueva York. En
la imagen, una mujer sostiene un cartel que reza: “Nosotras
representamos a las mujeres negras y del tercer mundo, las más
explotadas y oprimidas en la raza humana”. Foto: Keystone.
¿Coincides con esta perspectiva de que en países como
Colombia o México la guerra del narcotráfico es una estrategia de
contrainsurgencia?
Claro, es una estrategia de contrainsurgencia, y en Colombia no se ha
acabado con los acuerdos de paz. No es paz, la paz es parte del modelo
económico.
Acá en México, lo que ocurre es que en la sierra y otros
lugares hay trabajo forzado, esclavitud, poblaciones desplazadas o
asesinadas por no querer trabajar para las empresas del narcotráfico.
Lo que pasa es que no tenemos mente histórica, porque tienen un
programa a largo plazo. La gran agencia del capital internacional, y las
agencias como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, son
parte del nuevo Estado internacional, porque el capitalismo necesita un
Estado internacional, con los viejos y los nuevos conquistadores, la
comunidad europea, el gobierno de Estados Unidos. Ellos son los grandes
protagonistas del capital y tienen un plan, que para mí es vaciar el
campo, vaciar todas las regiones que producen formas de sustento (las
playas, los mares, los campos, los bosques), para obligar a todos a
urbanizarse, pues así pueden controlar las formas básicas de sustento:
controlando esto, imponen la forma de explotación que quieren,
obligándonos a urbanizarnos en megaciudades que son campos de
concentración: ahí nos pueden controlar bien. Creo que esto que dices es
que se está reinventando la economía de la plantación. A los que saquen
del campo, de las áreas costeras, es a los que pueden obligar a
trabajar con salarios más bajos, en condiciones de nueva esclavitud, por
eso vacían los territorios. Su plan es que cualquier acceso directo
debe ser eliminado, y a quien no acepte, lo matan. Te permiten estar
como sirviente, como nuevo esclavo, con salario bajo, sin reglas, te
pueden despedir cuando quieran. Esta visión no es pesimista, es realista
porque ya sucede. Donde hay obstáculos hacen guerra, terror de
Estado.
Sobre los cuerpos, las desapariciones, el despojo en México…
Acabo de leer un manuscrito para el que escribí un prólogo, de una
compañera de España, acerca de cómo los periodistas interpretan la
violencia contra las mujeres; ella trabaja con un caso de 1996, cuando
tres muchachas desaparecieron y las encontraron muertas. Es un análisis
fuerte y contundente de cómo los medios las convierten en acusadas,
porque estaban afuera en la noche; sus cuerpos habían sido torturados
para inyectarles miedo. Y, cuando lees, no dicen cómo fue posible,
cuáles son las condiciones para que esto pase: se naturaliza el
comportamiento de los hombres. Ella también cuestiona el término desaparición, porque oculta la violencia del acontecimiento.
Lo que vemos es tecnificación de la desaparición en varios sentidos, desde prácticas de narcos hasta administración de cuerpos para su no identificación; parece que está planeado…
Sí, sí, ¿has leído a Rita Segato? Sí, que anuncia, que tortura; es
fuerte, es violencia que no busca ocultarse; antes se ocultaba, ahora se
publicita. Esto te dice qué nivel de impunidad tienen, de seguridad:
¿por qué la publicidad? Dan a la policía evidencias, pero no tienen
miedo. Pueden contar con la impunidad, así que quieren publicidad con el
cadáver. Es nueva violencia, pedagógica, que manda mensajes, como dice
Rita Segato; es violencia de manual, científica, pensada; es sangre
fría, han pensado cómo aterrorizar científicamente. Cómo agredir a
niños, a mujeres, para enviar un mensaje más terrible: “No tenemos
límites”.

Página de la revista Life
de abril de 1976. En ella se puede apreciar a Silivia Federici (la
cuarta de izquierda a derecha en la línea frontal), encabezando una
serie de protestas por el trabajo no remunerado.
¿Cómo te imaginas tu liberación, la liberación en colectivo?
Yo no la imagino en un futuro utópico, la imagino ahora. La
liberación ha sido entrar en el feminismo. Para mí, es trabajar con
mujeres, conectarme con mujeres, comprender cosas. Yo misma he cambiado,
me siento apoyada. El movimiento feminista en general se ha apoyado
para crear identidades más fluidas, para combatir la identidad
capitalista de la feminidad y de la masculinidad, aunque muchas veces en
Estados Unidos hay jóvenes que ven el hecho de ser mujer como identidad
degradante. No, yo estoy contenta de ser mujer, hemos luchado para
cambiar lo que significa ser mujer. Una mujer, no en el sentido
capitalista, porque ha sido un terreno de lucha en que el movimiento
feminista se ha desarrollado para cuestionar la definición de ser mujer.
Hemos cambiado, mi concepción de ser mujer ha cambiado con los años:
cuando era pequeña, de 10, 11 años, me molestaba ser mujer, mucho,
mucho. Yo he vivido la crisis de mi cuerpo, la feminización de mi
cuerpo, el pecho que se forma, como una verdadera derrota. Sentía que
ser mujer era muy desvalorizado, porque crecí en una sociedad que vivió
20 años en el fascismo, con una concepción militar de la vida, la
masculinización más fea, la visión de la mujer como máquina para crear
soldados. Para mí, esta cultura continuaba, no terminó con el fin de la
guerra. Y ahora no, no siento el problema de ser mujer, porque me he
sumado a la lucha de la mujer y hemos cambiado lo que significa ser
mujer, hemos luchado. Hemos visto el poder de las mujeres.
¿Qué concepción tenías de la mujer y cuál tienes hoy?
Es una genealogía, de poco a poco. Yo fui feminista antes de tiempo;
por eso, cuando salió el movimiento, ¡pum!, yo ya estaba ahí, porque
tenía la clara percepción de que ser mujer era un límite a tu
posibilidad de vida, que había expectativas que no podía reconocer.
Nunca he deseado tener hijos, y bueno, para mi mamá era natural que
podía casarme, tener hijos, no lo contrario; pero yo pronto empecé a ver
que las mujeres sufren más y por eso son las más fuertes. Este
antagonismo con los hombres lo tenía muy marcado. También, cuando me
enamoraba, siempre sentía que me molestaba la relación con los hombres y
una parte de mí siempre pensaba: “¿Por qué las mujeres tienen una carga
más grande que los hombres? Deben ser más fuertes para poder
continuar”. Y recuerdo un pequeño poema de un poeta italiano que habla
de sufrimiento, parecía una lamentación de mujeres. Me impactó tanto...
Estas cosas me han dado un sentido de las mujeres como colectividad, que
tenían algo en común, que es el sufrimiento, el lamento, y a la vez son
más fuertes.
¿Por qué es importante reconstruir la idea del amor romántico?
La parte amorosa es muy problemática; es muy importante cambiarla
porque todo esto del amor romántico, la desesperación que las mujeres
viven, el ocultamiento del trabajo no pagado a través de la ideología
del amor romántico… He escrito un artículo que se llama Salarios contra el trabajo doméstico,5
porque hay toda una educación ideológica; a las mujeres nos han
enseñado a estimarnos a partir de que un hombre te quiera o no te
quiera; si te dejan te sientes desvalorizada, porque nos han enseñado
que la vida es servir a los hombres; uno que te diga: “¡Ah, tú eres una
mujer fantástica, una mujer especial”, es el pago por la jornada de
trabajo en casa. Esto crea una dinámica perversa. La mujer puede hacer
otras actividades, tener otras fuentes de valor, sobre todo colectivas.
Hay que superar la idea de que un hombre significa tu vida, y dar
prioridad al amor con otras compañeras y no con un hombre. Si te
identificas con las otras compañeras cuyo bienestar es tu bienestar, no
puedes perderte en esta competencia por un hombre que te ha dejado o no,
lo digo por experiencia personal, porque todas hemos crecido más que
vosotras, porque vengo de una generación en la que el amor romántico era
la estrella. El feminismo me ha cambiado mucho, mucho; los celos,
desesperarse por el amor… me ha cambiado mucho, es parte de la
transformación necesaria.
En tus charlas dijiste que tampoco es que los hombres sean
monstruos, sino que hay que entender la raíz histórica del despojo de
tierras, y que a cambio les dieron a mujeres a su servicio.
Sí, son víctimas ellos también, por eso no quiero ser igual que
ellos, porque no creo que los hombres sean un modelo de vida. Cuando
hablan de la idea de la igualdad de los hombres, ¿cuáles hombres? ¿Trump
o los jóvenes afros en cárceles? ¿Cuáles hombres? Porque
cuando dicen: “Queremos ese lugar”, ya tienen la percepción de un tipo
de hombre, con buen salario, con buen nivel de vida, pero hay hombres
que no tienen nada. Igualdad, ¿con qué? ¿Con quién? ¿Qué modelo de vida
quieren? m.
--------------------
1. En el Auditorio Salvador Allende del Centro Universitario de
Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, como
parte de las actividades de la Cátedra Jorge Alonso. Antes, ese mismo
día, impartió la conferencia “Feminismo y política de los comunes” en el
ITESO.
2. En Jalisco, el reporte es de mil 279 mujeres desaparecidas y es el
segundo estado con más casos, después del Estado de México, de acuerdo
con la nota “Jalisco, segundo estado con mujeres desaparecidas”, de Darwin Franco Migues, publicada en Número Cero el 13 de febrero de 2018.
3. En la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los
Hogares (2016), Jalisco ocupa el quinto sitio de violencia contra las
mujeres, y entre todas, la de pareja es la más frecuente: 47 de cada 100
mujeres mayores de 15 años han sufrido agresiones por parte de su
pareja.
4. Autoras de Witches, Midwives and Nurses: a History of Women Healers, Old Westbury, Feminist Press, 1973.
5. Publicado por primera vez en Wages Against Housework, Falling Wall Press, 1975.
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